martes, 4 de marzo de 2008

El verdadero perdedor del debate

La pregunta más repetida hoy -quién ganó el debate- es irrelevante.

Mucho más importante –y también más fácil de contestar- es otra que nadie se ha formulado.

¿Quién perdió?

A diferencia de la primera, ésta tiene una respuesta sencilla e indiscutible:

Tú.

Tú y los otros doce millones de espectadores que lo vieron. También quienes lo siguieron a través de la radio o internet, o quienes han padecido después los interminables resúmenes y valoraciones.

Un programa de televisión se hace para gustar a sus espectadores. Este se diseñó sólo para complacer a sus protagonistas.

Hasta el más mínimo detalle se había pactado con antelación. Una estructura monolítica y previsible. Una sucesión de monólogos tediosos. Cualquier posibilidad de espontaneidad o sorpresa estaba asfixiada de antemano.

Gracias a eso, los candidatos aceptaron participar.

A cambio, se defraudaron las expectativas de doce millones de espectadores, que esperaban asistir a un auténtico debate, ágil y dinámico, y tuvieron que conformarse con una pantomima aburrida y previsible.

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